"Observamos cómo cae Octavio", de Hernán Migoya
Tras
este sugerente y mágico título, el gran
Hernán Migoya (ése que
muchos de mis indeseables lectores
nacionales asociarán con el mismísimo
anticristo de "Todas putas" y a
quien más les valdría reconocer como el
autor de un estupendo blog personal
y colaborador de uno de mis fanzines
- qué antiguo - digitales preferidos, "La
mesa camilla") nos fascina con una
reveladora, poderosísima y conmovedora
historia de infancia, pensada y escrita con
tal inteligencia que sobrecoge y (me)
provoca enorme admiración.
Migoya, libre de clichés y
justificaciones innecesarias, ha escrito una
historia de niños a quienes - como a todos
los que recuerdo, y me acuerdo también de mí
- les falta tanta información, tantos datos,
tantos amarres que acaban rellenando los
huecos (y me acuerdo de repente de aquellos
ejercicios del libro de inglés de la EGB -
pero qué antiguo - de 'Fill the gaps...')
con la misma plastilina que nos deja olor a
locos en las manos al crecer: el miedo, las
convulsiones de los afectos correctos, del
deseo, de los motivos adultos, los
silencios,... (los mismos que no me
importaban nada en
"París" de Giralt Torrent,
en la novela de Migoya me
han hecho llorar.)
"Observamos cómo cae
Octavio"
utiliza, legítimamente, vistosos trucos de
ilusionismo visual (texto de color diferente
para cada personaje, en negrita si hablan en
voz alta); pero - mucho más importante -
además construye los personajes infantiles
protagonistas con una inteligentísima y muy
acertada mezcla de lenguajes, juguetes y
referentes culturales que los hace viajar
del pasado al presente constantemente. Como
si fuéramos nosotros entonces, ellos ahora,
entonces; nosotros hoy.
Lector Ileso: touché.



