Al
referirse al porvenir de su pasado aclaraba Benedetti que la infancia
es la primera soledad. De eso trata esta primera novela de Migoya (no
su primer paso narrativo, si hay quien guarda memoria de un polémico
volumen de relatos, Todas putas), un creativo que aporta un enfoque original a cuanto se propone. Si no acérquense a esta historia, Observamos cómo cae Octavio,
intentando prescindir de todo lo que empaña la mirada adulta, y
tropezarán con un relato tierno y trágico, de formas limpias, casi
minimalista en sus recursos expresivos, pero no exento de expresividad;
escrito con el lenguaje cifrado de los niños, y dando prioridad al
diálogo, a un estilo directo muy próximo al del guión cinematográfico.
Tropezarán con otra manera de hablar de la pérdida de la inocencia.
Estas
formas, nada convencionales, las domina el autor, quien no oculta su
intención de ofrecer, a través de ellas, un discurso narrativo de libre
configuración, con la presencia esporádica de un narrador que apenas se
inmiscuye en la trama, dejando que se cuente a tres voces,
distinguibles por el color de la tinta que se le asigna a cada una: la
de “Tete”, “Naín” y “Nina”, los niños de esta historia (en negrita sólo
se registra las intervenciones de los adultos). Los dos primeros son
hermanos, Tete es algo mayor, ronda los ocho años, Nina también; ella
vive con su madre y su abuelo. Un día la casualidad les hace coincidir,
y juntos experimentan el miedo proyectado en forma de sombra dentro de
una cueva. Es la sombra del “Ogro Santos”, la obsesión del más pequeño,
y tras ella vendrá la ocasión de desenmascararlo. Ése es el argumento.
La realidad tirando de un lado, los miedos infantiles tirando del otro,
y misterios que no se descubren hasta que no hallan la puerta de
salida. La singularidad de este enfoque no está sólo en un estilo
narrativo diferente, parco de medios, no de registros; sino en la
hondura imaginativa que invade la trama. Su autor se reafirma
interesante y prometedor. Su historia tiene lo que alguien dijo que
tiene una historia incómoda: es cierta.
Pilar CASTRO
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