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EL COMERCIO (Perú) 23
Enero 2006
Crítica: La amenaza de volverse adulto
Observamos cómo cae Octavio
Hernán Migoya
Observamos cómo cae Octavio
Ediciones Martínez Roca, 2005
220 páginas
¿Una advertencia? ¿O una invitación?
"La obra que nunca esperarías del autor de Todas
putas", se lee en la carátula de Observamos cómo
cae Octavio, la primera novela del español Hernán
Migoya (1973). Guionista de cómics, director de
cortometrajes y biógrafo de Charles Williams (en La
tormenta y la calma bosqueja un acucioso retrato de
un escritor de novelas negras tan trepidantes como de
escasa difusión), Migoya había debutado en la ficción
narrativa dos años atrás con un polémico libro de
cuentos.
Hernán
Migoya es, para muchos lectores, el censurado autor de
Todas putas. Y no por razones literarias, a pesar
de que presentó su trabajo como "un libro de relatos
(...) que van de la sátira al realismo y a la
tragicomedia, sobre diferentes tipos de relaciones
sentimentales y sexuales". Un grupo de defensa de los
derechos de la mujer protestó por el contenido de la
obra (más bien, por los fragmentos descontextualizados
que circularon y ardieron como la pólvora, especialmente
el cuento "El violador"). Y, por razones que solo atañen
a la política, no solo se exigió la dimisión de la
editora, además directora del Instituto de la Mujer,
sino que también se pretendió secuestrar la edición del
libro. Afortunadamente, numerosos escritores rechazaron
la polémica por artificial, entre ellos Mario Vargas
Llosa, y Todas putas ya lleva varias ediciones.
Sexo y terror
En Observamos cómo cae Octavio Hernán
Migoya opta por alejarse de la polémica sumergiéndose en
un universo infantil. Sin embargo, ambas obras guardan
un parentesco evidente: el tratamiento, tan perturbador
como en la vida real, del amor y el sexo, en este caso
del descubrimiento de ambos a través del terror. Tete,
Mina y Nanín son tres niños fascinados por la espantosa
figura del Ogro Santos, un monstruo que se oculta en una
cueva en los alrededores del colegio. Una mañana deciden
aventurarse en su guarida para comprobar si existe. A
partir de entonces, todo lo que les sucede se les antoja
más terrible que lo vivido anteriormente. De este modo,
Migoya crea un fantasma capaz de surgir en cualquier
momento en la vida de los que lo han imaginado: al igual
que la criatura del doctor Frankenstein, pero con el
pulso narrativo de Stephen King.
La
novedad que presenta esta obra es una edición a todo
color, una técnica que ya había sido ensayada en libros
como La historia interminable (1979), de Michael
Ende, y el Diccionario jázaro, la "novela-léxico"
del serbio Milorad Pavic (1984). En este caso, la
intención de Migoya es dotar de fluidez y realismo a los
pensamientos de los narradores, prescindiendo del
estorbo de las acotaciones en los diálogos. El lector
advertirá al pasar las páginas que a cada capítulo le
corresponde la voz narrativa de uno de los
protagonistas, diferenciada cromáticamente según el
personaje, resaltada en negrita a la hora de formular un
diálogo. En cambio, el discurso de los adultos parece
confinado al negro, de acorde con la monotonía de una
vida más convencional.
Cabe
destacar la pericia del autor a la hora de ponerse en la
piel de los personajes, de recrear la sintaxis y las
palabras peculiares de cada uno de los protagonistas con
una diferenciada voz narrativa: Tete, el niño que no
quiere ser amado, Mina, la sabelotodo que utiliza los
términos psicoanalíticos de su madre, y Nanín, el más
pequeño, protegido por el fantasma de Octavio, al más
puro estilo de las viñetas de Calvin y Hobbes.
Una especie de caverna platónica
Pero Migoya no se limita a demostrar una talentosa
imaginación a la hora de recrear pensamientos y
diálogos. La atmósfera vaporosa de la niñez amenaza
sobre los protagonistas que, a su pesar, se harán
adultos algún día. El lector, de un modo sutil aunque
eficaz, es devuelto a la edad de la inocencia, tal como
le ha sucedido al propio autor.
Además,
Observamos cómo cae Octavio encubre una hermosa
metáfora. La caverna del Ogro Santos deviene así en una
especie de cueva platónica en la que ellos ven, como un
reflejo en la penumbra, la transición de la mirada de
niño hacia la de adulto, mientras siguen atrapados (y
encadenados) dentro un cuerpo y una mente infantil.
Hernán
Migoya dibuja a todo color la bisagra que engarza la
ingenuidad del niño con la certeza del adolescente. O,
dicho de otro modo, ilumina el umbral de los personajes
hacia el mundo de los adultos. Entre tanto, Octavio, el
fantasma que acompaña a Nanín, desaparece en esta
transición, cae de su pedestal para ser sustituido por
algo más sólido y real: la vida misma.
Por Laura Alzubide
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