Migoyanos, todos
Hoy me he leído de
un tirón el célebre y mediático Todas Putas de Hernán
Migoya. Se lee muy bien, con mucha admiración, con ansia y adicción casi
primitivas. Luego pasamos a la obra.
Estamos ante uno de los
autores más sorprendentes dentro de esta generación de talentazos (no
debería sorprender a nadie) que son todos los Vinalia Troppers, pero que
sorprende por esa forma tan cerebral de abordar la provocación y
convertir la búsqueda de violencia estética en más que una intención,
sino que en un hecho.El problema estriba en que la banalización angustia
y oprime cualquier intento de acercarse a las obras con tranquilidad. En
el caso de Migoya la polémica y los prejuicios pueden anunciar un
facilón clon de Miller o peor, otro lector de Bret Easton Ellis. Bien,
pues a Easton Ellis, Migoya es lo que a Tarantino es nuestro Jesús
Franco. Para que vean.
De la obra de Migoya, sobra
algún relato que redunda en esta intención de explorar a través una
forma (escatalógica) en estos lados (igualmente grotescos y oscuros) de
la condición humana, porqué como cualquier sátiro inteligente Migoya es
un moralista en el buen sentido, en el cínico, en el amoral.
Por eso a veces es tan irritante y genial a partes iguales. Por eso en
muchos de sus relatos se redunda demasiado en terrenos a los que ya
hemos ido con los anteriores y se basan en un impacto conceptual pero no
deja de ser un símbolo de bien y de aprendizaje migoyano por parte del
maestro Jesús Palacios, del que sigue un compromiso inquebrantable.
No obstante no se queda ahí:
el registro y poder de Migoya son amplios, aunque tampoco hiciese falta
demostrarlo. El trabajo es un cuento tan epifánico como una
cheeveriana y en Yo no tengo amigas gordas juega con un tipo de
registro autoficcional que me trae recuerdos del Roth de Operación
Shylock, con el que al fin y al cabo no guarda tantas distancias.
Lo
inteligente en la jugada de Migoya es como supera y parodia todos esos
neodocumentales "aterrorizados" que se cuelan en nuestra cultura en
formato de alarma social (y también las mejores formas de la literatura
erótica y de horror pulposa) y los condensa en una perfecta y brillante
sátira de un país y una sociedad llena de contradicciones. En ese
aspecto el epílogo real vuelve a llevarnos a terrenos rothianos
dónde carcajadas y humanismo van de la mano.




